domingo, 5 de marzo de 2017

La Magia y la Herbolaria Prehispánica

Desde la Antigüedad, los alquimistas trataban de encontrar la piedra filosofal y el elixir de la vida o de la inmortalidad, y quienes daban a conocer algunas propiedades curativas de las plantas o incluso los más elementales principios de lo que más tarde sería la química, eran a menudo acusados de hechiceros y brujos. En América, concretamente en el México prehispánico, los chamanes o adivinadores constituían una verdadera élite sacerdotal, pues tenían un profundo conocimiento acerca de las plantas y los animales, conocimiento que empleaban para hacer limpias, comunicarse con los espíritus, llevar a cabo curas y hasta para lanzar maleficios, sin olvidar los conjuros, hechizos, trabajos, limpias, magia blanca, negra, verde y roja y un largo etcétera, tal y como se definen en el reciente libro de Absalón Brizuela, intitulado. Diccionario de la Medicina y Magia, ni tampoco los enigmáticos y extraños enemas rituales, que datan del Preclásico Temprano (1200 a 900 a. C.), o los ritos mágicos y adivinatorios que se describen en los códices Florentino y Borbónico.



En este siglo XXI aún prevalecen prácticas maravillosas e indescriptibles que se realizan en cientos de rincones del país, del estado y de la región, en donde de forma sincrética (mezcla de creencias prehispánicas y cristianas) e impregnados de ese mágico toque de misticismo y de aromas ancestrales, se practican tales sortilegios en fechas especiales, dependiendo de la celebración correspondiente, pero que algunas veces tienen raíces prehispánicas y otras orígenes netamente cristianos.

El primer viernes de marzo, por ejemplo, se lleva a cabo una práctica prehispánica en algunas ciudades, pero más arraigada en ciertas comunidades rurales, que consiste en poner en infusión de alcohol o aguardiente tantas hierbas “medicinales” como en el poblado se conozcan, que pueden ser hasta ciento veinte, según lo investigaron y documentaron Bolaños y Andrea en la tesis que lleva por título Plantas medicinales del Barrio de Santa Cruz, Mpio. de Tequila.

Un ingrediente que no puede faltar son los azahares, el romero, la manzanilla o hierbas amargas y dulces, tantas como sea la costum-bre propia de cada región o puedan conseguirse. De igual forma, ese día arreglan una sábila con varios “elementos”, como un chile ancho, ajos, romero y un moño rojo, entre otros. Y lo curioso es que se puede pensar que ya no se ejerce esa práctica, pero todavía está viva y las personas acuden al mercado a comprar las hierbas para hacer el aguardiente.

La infusión es utilizada para curar cólicos, “susto” o “espanto”, y la dosis es una copita que se toma cuando es necesario; también se le usa para tallarla a quien padece un dolor muscular. La dosis se puede repetir cada doce horas o una vez al día. Por su parte, el ramo de la sábila es colocado detrás de alguna puerta de la casa o el comercio, y la creencia dice que esta práctica sirve para la “buena suerte” y para proteger de algún mal aire o un mal espíritu, de envidias o de males deseos.

Y así nos vamos adentrando a otro sistema de creencias, como el baño del temazcal, práctica ritual y medicinal que purifica el cuerpo y el alma, o la herbolaria, definida como el uso empírico de la flora medicinal de nuestro país, que se expresa tanto debido a la riqueza de su biodiversidad, muy semejante a la gran diversidad cultural, la riqueza del saber popular, la inventiva y los sistemas de creencias.

Es por ello que, en esta época de globalización y de tantos avances tecnológicos y farmacológicos, reconocer que la herbolaria entraña un gran conocimiento cuya economía compite con los exorbitantes precios de las medicinas de patente, constituye una forma de abatir los rezagos y la imposibilidad de cura de las personas que no tienen el derecho de la atención a la salud o el acceso a los lugares donde están tales servicios, o peor aún, que carecen de la posibilidad económica de adquirir otros fármacos.

La herbolaria mexicana fue sistematizada allá por 1778, cuando llegaron al país los primeros científicos ilustrados en botánica medicinal, miembros de la Real Expedición Botánica de Nueva España. Fundaron entonces la primera cátedra de botánica y formaron a los primeros naturalistas novohispanos. Entre los que ahí se formaron destacan el criollo Mariano Mociño, quien fue el científico más importante de la época, así como Juan de la Cerda y José Maldonado, según nos informa Lozaya. Cabe mencionar que ya antes fray Bernardino de Sahagún había descrito y enlistado, entre 1558 y 1575, casi trescientas plantas mexicanas con aplicaciones medicinales.

En el siglo XIX, muchos médicos mexicanos recurrían a las hierbas para elaborar medicamentos y abaratar así costos, dando lugar a una farmacopea que combinaba con gran eficiencia el saber y el conocimiento del México prehispánico y la Colonia. Especies importantes que incluso se exportaron fueron la quina y la coca, originarias de Perú, así como el cacao y la raíz de Xalapa, especies nativas de México.

Hoy resulta curioso constatar que muchas plantas descubiertas en el mundo prehispánico –algunas de ellas recuperadas de los antiguos códices– contienen muchos principios activos de la actual farmacología, como es el caso del reconocido barbasco o “cabeza de negro”, como se le llama comúnmente a la especie Discoria composita o Discoria mexicana, que contiene el principio activo de los anticonceptivos y que las indígenas mexicanas ya utilizaban. Y qué decir del tepezcohuite, famoso para curar quemaduras, una leguminosa de la que se ha derivado una gran cantidad de productos.

Y así tenemos una gran cantidad de plantas que producen el principal componente de numerosos medicamentos actuales para controlar la esquizofrenia; aliviar problemas cardíacos; curar o prevenir cánceres de piel, ovarios o mamas; disminuir los dolores de cabeza, o relajar la musculatura (como el curare, que siendo un poderoso veneno es también una excelente herramienta en las cirugías a corazón abierto); tam-bién se utilizan muchas plantas en la insuficiencia cardiaca, la leucemia, el reumatismo o la diabetes, entre otros padecimientos, como dolor y problemas de estómago, tos y otras enfermedades las vías respiratorias, quebranto (padecimiento que se traduce en un malestar general, sobre todo en los niños), hinchazones, dolores de riñones, salpullidos, golpes, calenturas, enfriamientos, diarreas, fracturas, torceduras, quemaduras o empurgamientos.

Pensando solo en aproximados, el total de especies botánicas que hay en México oscila entre 26 mil y 30 mil, lo que lo coloca en un lugar sobresaliente entre los poseedores de grandes riquezas botánicas, y se presume que alrededor de 5 mil o más, al tener usos medicinales, constituyen un valioso aporte de nuestro país a la herbolaria.

Son las familias botánicas Compositae, Solanaceas, Labiatae y Verbenaceae las que más contienen especies medicinales.

A pesar de lo anterior, estamos perdiendo rápidamente tales conocimientos y alejándonos de ese saber popular en la medida que nos hemos dejado abrumar por tanta mercadotecnia, incluso de productos herbolarios que se anuncian por la televisión, como el “hongo michoacano” que, según se dice, es bueno para todo, la alcachofa y muchos otros productos más que ni remotamente tienen la autenticidad milenaria propia de nuestra riqueza cultural y de los conocimientos que nos han legado nuestros antepasados.

No nos queda más que reconocer que debemos de aumentar nuestro acervo herbolario, conocer, rescatar y documentar toda esa riqueza que aquellos nos heredaron para que nosotros mismos y las generaciones futuras hagamos uso de esas maravillosas prácticas ancestrales, dejando de lado el escepticismo propio de la época, la pérdida de valores y el debilitamiento de la identidad y cultura propias, pensando en que si a ellos les funcionó, ¿por qué a nosotros no?.

Fuente: uv.mx

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada