jueves, 5 de mayo de 2016

Xochicalco, tesoro arqueológico en Morelos

A dos horas de la Ciudad de México tomando la carretera a Cuernavaca se encuentra Xochicalco, una de las zonas arqueológicas más lindas y poco visitadas de México.



El centro cuenta con un museo que exhibe en seis salas vestigios arqueológicos encontrados en el lugar. La vista del lago del Rodeo y las montañas de Morelos desde la cima de las pirámides es fantástica.

Para llegar a Xochicalco, ubicado a 36 kilómetros de Cuernavaca, hay que tomar la desviación a Miacatlán que se encuentra pasando la caseta de Alpuyeca. Desde allí, hay señalizaciones hasta llegar a la zona arqueológica. La caseta de la carretera México-Cuernavaca cuesta 95 pesos y la de Alpuyeca, 40 pesos. La entrada a la zona arqueológica y el museo cuesta 57 pesos, pero los domingos es gratis para mexicanos y residentes.

De acuerdo con la página web del INAH, en esta zona arqueológica los habitantes veneraban a dos deidades: una que representa la Tierra y todas las bondades de la Tierra (planas, animales, los mantenimientos, etc.) y otra deidad que se le asocia con el viento, la lluvia y el agua. En Xochicalco, el dios Tláloc fue el dios más venerado y representado ya que los habitantes dedicaban grandes ceremonias a esta deidad las cuales se realizaban en la Plaza de la Estela de los Dos Glifos.

Después de la caída de Teotihuacán fue uno de los principales centros rectores en el Altiplano Central. Por sus características, Xochicalco define a un periodo de la historia mesoamericana, el Epiclásico (700-900 d.C.). Este periodo se caracteriza por un marcado militarismo, migraciones, inestabilidad política y económica, ciudades fortificadas, adoración de dioses guerreros como Quetzalcóatl, una mezcla de culturas en un solo lugar; en síntesis, un cambio de los patrones anteriores.

Una de las causas que posiblemente originaron el asentamiento y construcción del sitio en este lugar es que el Cerro de Xochicalco se encuentra en un punto estratégico que facilitó el control económico y político del Valle de Morelos. Los constructores de Xochicalco modificaron y adaptaron la montaña para construir terrazas sobre las cuales erigieron templos, basamentos piramidales, áreas habitacionales, grandes plazas, juegos de pelota, así como túneles que sirvieron para la observación del cosmos.

La planificación y distribución del espacio denota una fuerte diferencia de clases, así como un ambiente conflictivo en el sitio y su entorno. El ocaso de Xochicalco, según las últimas excavaciones arqueológicas, probablemente se debió a una revuelta interna. Las evidencias que se tienen en ese sentido se encuentran en el área central, donde hay una dispersión de objetos lujosos, mutilación y dispersión de esculturas y otros elementos sagrados, además de una gran cantidad de carbón, lo que indica que probablemente hubo un gran incendio. Esto a diferencia de las áreas habitacionales de las clases inferiores, en donde se encuentran los objetos de uso cotidiano y de otra índole en su lugar, es decir, que fueron abandonados paulatinamente y sin violencia.

Fuente: Planet of Aztecz

miércoles, 4 de mayo de 2016

La vainilla

Los antiguos navegantes españoles se aventuraron a cruzar el océano en busca de oro y especias, pero equivocaron su travesía al querer llegar a las Indias Orientales; sin embargo, encontraron en el Nuevo Mundo, entre muchos otros productos desconocidos en Europa, la pimienta gorda y la vainilla, que hoy en día son dos de los condimentos y saborizantes más importantes en el mundo.



El comercio de especias, aunque parezca mentira, llegó a tener precios más altos que el mismo oro, lo que provocó graves conflictos entre los pueblos que pretendían monopolizar su mercado; paradójicamente, a través de la historia los poseedores de la vainilla –indígenas campesinos y pequeños productores totonacos– no han manejado directamente su comercialización, ni se han visto beneficiados a pesar de la riqueza que este producto representa.

La vainilla es una orquídea originaria de México y fue descubierta por los totonacos, quienes ya la utilizaban extensamente antes de la llegada de los españoles. Para este pueblo, la vainilla era una de las plantas de mayor importancia y su uso se extendió entre los pueblos prehispánicos, quienes la llamaron xahnat, hasta los aztecas, que le dieron el nombre de tlilxochitl.

En el Totonacapan, la vainilla representaba un símbolo cultural, como lo fue el maíz para otros grupos; más allá de su uso como condimento o saborizante, fue un elemento fundamental del comercio; de manera similar al cacao, uno de los tributos que exigían los aztecas a los pueblos conquistados fue precisamente la vainilla.

Para los totonacos, la vainilla desempeñaba un papel fundamental y su aprovechamiento a partir de las plantas silvestres era muy respetado; así, antes de entrar al bosque a recolectarla, tenían que pedir permiso y mostrar su agradecimiento a Ki Mi Ekolo, o Quihuipolo, el dios del monte.

Durante los años que duró la Conquista, la bebida conocida como xocoatl (chocolate) entre los aztecas era condimentada con vainilla, apreciada no solo por su sabor sino por su valor estimulante. En una de sus cartas, Hernán Cortés describe sus efectos a Carlos V, asegurando que bastaba con una taza de esa bebida indígena para sostener las fuerzas de un soldado durante todo un día de marcha sin ningún otro alimento. Los nobles mexicanos en los tiempos de Moctezuma Xocoyotzin (1466-1520) cocían el cacao con agua, miel de abejas silvestres y un poco de vainilla, bebida a la que consideraban estimulante y sobre todo afrodisíaca. Los españoles quedaron admirados por los usos de esta planta y la documentaron en sus códices, siendo la primera orquídea americana ilustrada en el códice de la Cruz-Badiano en 1552.

En el viejo mundo, el uso de la vainilla se popularizó como saborizante del chocolate, principalmente en Francia, ya que en España e Inglaterra preferían añadirle canela, y ante la demanda creciente y su escasa presencia silvestre se establecieron los primeros vainillales. En efecto, las más antiguas plantaciones registradas se ubicaron en Papantla, en el año de 1760; en ese entonces, México era el único productor mundial.

En virtud de la demanda constante que el mercado europeo ejercía para su comercialización, la vainilla fue llevada a Inglaterra en el año 1800, posteriormente a los jardines botánicos franceses, y transportada después hacia las islas del Océano Índico, donde llegó a mediados del siglo XIX.
Indonesia y Madagascar pronto se convirtieron en los mayores productores mundiales de la vainilla mexicana, lo que significó que la comercialización de la producción nacional fuera desplazada.

Otro de los problemas que surgieron fue el descubrimiento de un producto sintético con sabor a vainilla, cuya producción resultaba más barata. Por falta de comercio, el producto natural declinó y muchos cultivos fueron abandonados o desplazados. A pesar de la crisis, la vainilla permaneció como un símbolo de identidad entre los totonacos, y fue gracias a esta apropiación que el cultivo no desapareció durante las épocas más difíciles.

El producto sintético no sustituyó a la vainilla por mucho tiempo pues se descubrió que era cancerígeno. Debido a sus reglas sanitarias, Estados Unidos y algunos países de Europa incrementaron otra vez el consumo de productos naturales al considerarlos más saludables, demandando de nuevo el producto natural y desechando los sintéticos.

Esta circunstancia ha abierto un posible campo de desarrollo para el comercio de vainilla orgánica. Al respecto, algunos autores señalan que será necesario emprender campañas dirigidas a los consumidores para que exijan el consumo de la vainilla natural producida por técnicas tradicionales, así como por su buqué y por los compuestos aromáticos combinados, al igual que se hace con el vino, que se sigue consumiendo en todo el mundo a pesar de que podría fabricarse industrialmente casi al instante a partir de jugo de uva adicionado con alcoholes y taninos.

Por otra parte, cultivos como la vainilla se consideran de bajo impacto ambiental, como el café bajo sombra, por lo que ofrecen alternativas de diversificación productiva y protegen la biodiversidad del ecosistema.

El cultivo de la vainilla está basado en una especie autóctona, asociada a aspectos culturales prehispánicos, que crece bajo árboles-sombra, lo que propicia los corredores de aves y de otros animales silvestres. Por otro lado, el clima del Totonacapan ofrece condiciones ambientales específicas para concentrar los elementos aromáticos dentro de los frutos, lo que hace que el cultivo tenga la mayor calidad del mundo.

Históricamente, podemos señalar que el proceso de comercialización de la vainilla nunca ha sido controlado por los productores. Desde la dominación de la cultura totonaca por los aztecas y posteriormente por los conquistadores y hacendados, fueron estos quienes acapararon y controlaron totalmente el comercio de la vainilla, no los indígenas que la producían.

Así, es necesario promover las acciones necesarias para que los productores puedan beneficiar su propia producción, evitando intermediarios y acaparadores; así mismo, se debe buscar que estos sean competentes, promuevan el producto en un tipo de comercio justo y se organicen para que puedan satisfacer la demanda internacional, logren la certificación de su producto y obtengan el valor agregado de los cultivos orgánicos.

Han sido numerosos los intentos por extraer el saborizante con sabor a vainilla a partir de otras materias primas, como el aceite de clavo, el eugenol o la madera de coníferas; incluso, en 2007, la investigadora Mayu Yamamoto, del Centro Médico Internacional de Japón, ganó el premio Nobel Ig1 por el desarrollo de un método para obtener “vainillina” (el componente principal de los extractos de vainilla) a partir de excremento de vaca; sin embargo, nada es comparable a la vainilla natural, cultivada en plantaciones y curada con métodos tradicionales.

El cultivo de la vainilla es un recurso que encara grandes dificultades, no solo las que se derivan de los intermediarios y acaparadores, las fluctuaciones de precios y la competencia ante los saborizantes sintéticos; por ejemplo, el hábitat silvestre de esta orquídea está seriamente amenazado, por lo que podrían perderse las variedades silvestres que tienen un gran potencial genético.

La vainilla es una especie tan utilizada, pero a la vez tan desconocida en México –a pesar de que es su país de origen y de que posee la mejor calidad mundial–, que es necesario diseñar estrategias para promover el consumo de la vainilla natural, así como para conservar y proteger la diversidad de la vainilla silvestre, ya que es muy probable que este recurso biológico y cultivo prehispánico desaparezca para siempre.

Fuente: Planet of Aztecz

martes, 3 de mayo de 2016

Las ollas multifunción de hace 800 años en la Patagonia

Restos de cerámica encontrados en la costa norpatagónica aportaron datos novedosos sobre el modo de vida de los pueblos originarios.



Cuando no existían el microondas, los hornos a gas ni eléctricos, ni el actual arsenal de utensilios y elementos de vajilla que hacen más práctica y rápida la cocina en los hogares, el ingenio de las mujeres y hombres que integraban grupos de cazadores recolectores de la costa noreste de Chubut se puso a prueba.

¿Cómo cocinaban los pueblos originarios que habitaban en un suelo semi-desértico, expuestos a fuertes vientos y bajas temperaturas? Siempre se supo que sustentaban su alimentación principalmente en la carne de guanaco asada, un recurso de gran disponibilidad en Patagonia.

Sin embargo, restos de cerámica hallados por la arqueóloga Verónica Schuster, becaria postdoctoral del CONICET en el Instituto de Diversidad y Evolución Austral del Centro Nacional Patagónico (IDEAus, CENPAT-CONICET), advirtieron que los pueblos originarios de la región supieron aprovechar la biodiversidad que ofrecían un mar y una estepa prácticamente vírgenes.

A partir de técnicas derivadas de la geología y de la medicina -como por ejemplo las radiografías y de estudios físico-químicos- realizadas en los restos de cerámica se pudieron revelar dos importantes aspectos que marcaron el modo de vida de estos pueblos: la elaboración local y artesanal de artefactos cerámicos y, de manera relacionada, la incorporación de otros tipos de alimentos que ampliaba la dieta basada en la carne de guanaco.

La cerámica encontrada fue fabricada por los grupos de cazadores recolectores de la zona, con arcillas que obtenían del suelo que mezclaban y amasaban para elaborar ollas que servían para varios propósitos domésticos en un contexto de movilidad territorial permanente o semi-permanente.

Este dato provocó diversos interrogantes a los estudios arqueológicos existentes sobre los pueblos originarios. ¿Por qué los cazadores recolectores, grupos altamente móviles acostumbrados a una dieta centrada en el guanaco, necesitaban una pieza cerámica?

Se hicieron estudios físico-químicos de ácidos grasos y de isotopos estables sobre la cerámica y se determinó que los residuos que estaban adheridos o absorbidos en las paredes de las piezas tenían restos de recursos vegetales asociados a carnes de especies terrestres y marinas. Esto quiere decir que los grupos basaban su dieta en función de la disponibilidad de recursos que había en la zona: peces y grasa de mamíferos marinos, vegetales autóctonos y carne.

“Estos materiales estaban en los contextos arqueológicos pero se les negaba la posibilidad de que contaran su historia”, dice Verónica Schuster.

Son piezas que no tenían morfologías particulares, como las que se elaboraban en el noroeste argentino para usos específicos. Son ollas de boca abierta, subglobulares, sin base, que servían para diversos fines como cocinar sobre el fuego, guardar alimentos y procesarlos. “Eran piezas funcionales al modo de vida de los grupos. Tampoco pesaban mucho, lo cual les permitía cargarlas en los viajes a otros campamentos”, apunta Schuster.

“Nuestra hipótesis es que estas piezas podrían haber servido para maximizar o intensificar los recursos que ya estaban presentes en la dieta de estos cazadores, con la particularidad de que el uso de cerámica les permitía hacer preparaciones, como un puchero o un guiso, aprovechando los recursos vegetales que de otra manera eran más difíciles de digerir o de preparar. Esto sumaba valor nutritivo y condiciones de higiene a su dieta ya que hervir la carne era más saludable que comerla cruda o después de varios días sin condiciones adecuadas de conservación”, explica la arqueóloga del CENPAT-CONICET.

Arqueología contra viento y marea

“Los estudios arqueológicos sobre cerámica en la costa norpatagónica fueron relegados mucho tiempo por diversos motivos: se pensaba que había poco material en comparación con el lítico (de piedra), y que éste no se podía fechar correctamente debido a la perturbación de los sitios”, afirma Schuster.

La cerámica en dicha región tiene un breve desarrollo dentro de las investigaciones y hay pocos sitios fechados. Los más recientes muestran que por lo menos hace mil años ya había una tecnología cerámica pero ésta tuvo poca permanencia porque apenas hubo contacto con los europeos se dejaron de usar completamente y se reemplazaron por otros materiales. En Península Valdés las dataciones más antiguas registradas indican que 880 años atrás ya existía esta tecnología.

Además, los materiales fueron hallados, en su mayoría, enclavados en médanos móviles, que varían a lo largo del tiempo por el movimiento de la arena. Este movimiento transportó los materiales que estaban enterrados y por ello en muchos casos resulta complejo fecharlos.

“Aparecen restos asociados a otros materiales y muy pocas veces tenemos la certeza de que han estado de manera contemporánea en el pasado. Por eso son estimaciones. Los sitios a veces no permiten la conservación de carbón adecuada que permita fechar la cerámica correctamente”, explica Schuster.

Nuevas hipótesis

Muchos años atrás se creía que la costa de Patagonia era únicamente zona de paso de los grupos de cazadores recolectores; personas que venían del interior a buscar ciertos recursos, para luego volver a sus campamentos más estables en la meseta. Sin embargo, investigaciones llevadas adelante por la Julieta Gómez Otero, investigadora independiente en el IDEAus, y su equipo- en el cual colabora Schuster-, pudieron corroborar que hubo poblaciones humanas asentadas en la costa.

“En los sitios arqueológicos hay indicios de que estos fueron ocupados por gente que estuvo comiendo animales terrestres y marinos en diferentes épocas del año; esto nos permite inferir que habían grupos que vivían en la costa, muy probablemente con distintos tipos de campamentos y que iban explotando diferentes ambientes en función de lo que necesitaban”, infiere la arqueóloga.

Del mismo modo, la especialista señala que hacer cerámica implica un determinado tiempo de permanencia en el lugar por el proceso mismo que lleva fabricarla de manera artesanal.

“También hay sitios arqueológicos donde encontramos mucha cerámica. Esto nos permite suponer que dejaban equipados algunos lugares sabiendo que en algún momento volverían”, apunta Schuster.

Fuente: Conicet

lunes, 2 de mayo de 2016

El posible mapa que usó Cristóbal Colón para descubrir las Indias

Unos investigadores descifran un documento desconcertante del siglo XV que pudo estar relacionado con Colón

Mapa confeccionado por Henricus Martellus
Unos investigadores han descifrado un documento desconcertante del siglo XV que, según parece, pudo haber estado relacionado con el gran viaje que llevó a Colón a descubrir las Indias. El mapa, en sí mismo, no tiene una fecha concreta, pero hay indicios de que pudo haber sido elaborado en 1491, ya que en él se cita un libro publicado en ese mismo año. Cristóbal Colón, según estos especialistas, pudo haber consultado este mapa, o una copia del mismo, antes de su gran viaje a las Indias.

Cuando Colón desembarcó en las Bahamas pensaba que estaba cerca de Japón, un error que muestra también en el mapa. El documento, de hecho, muestra una situación similar en la ubicación geográfica del Japón, ya que sólo representa los continentes asiático, africano y europeo, y deja fuera el americano.

El mapa fue confeccionado por el cartógrafo alemán Henricus Martellus, que por aquel entonces trabajaba en Florencia. Durante mucho tiempo ha sido pasado por alto debido a su oscurecimiento y a la ilegibilidad de sus textos, debido al mal estado de conservación en el que se encontraba.

Sin embargo, un nuevo análisis que se le ha practicado revela cientos de nombres de lugares y 60 pasajes escritos, con una visión novedosa de la cartografía renacentista. Según Chet Van Duzer, el mapa es uno de los eslabones perdidos para comprender la concepción que la gente de esa época tenía del mundo. Van Duzer es un historiador independiente que ha dirigido el estudio que se le ha realizado recientemente al mapa en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale.

Martellus basó su proyección en los antiguos trabajos de Claudio Ptolomeo, que luego actualizó con otros descubrimientos más recientes, entre los que se incluían algunos detalles de los viajes de Marco Polo o de los periplos portugueses alrededor del Cabo de Buena Esperanza. El famoso mapa Waldseemüller, que en 1507 representó por primera vez el continente americano, parece que tomó prestado algunos detalles del de Martellus.

Para poder leer los textos, los investigadores han tenido que fotografiar el mapa a 12 frecuencias de luz, desde el ultravioleta hasta el infrarrojo. Se han valido del uso de varias herramientas de imágenes avanzadas y técnicas de estratificación para sacar sus conclusiones.

domingo, 1 de mayo de 2016

1 de Mayo de 1842 - Muere Toribio de Luzuriaga

Fue una de las figuras secundarias en la epopeya de liberación sudamericana, pero sin dudas, ocupó un lugar insustituible como apoyo al proceso emancipador.

Dn. Toribio de Luzuriaga
Nacido en Huaraz, en el Virreinato del Perú, desde muy joven ocupó cargos administrativos en diversos lugares del continente. Así lo vio trabajando Santiago de Chile, y posteriormente Buenos Aires, donde lo sorprenden las Invasiones Inglesas, y por su destacada participación rechazando al inglés se lo eleva al rango de Capitán del Cuerpo de Voluntarios de la Unión.

Parte en 1811 con el Ejército del Norte, y se halla presente en el triunfo de "Suipacha", primera batalla ganada por los revolucionarios de Buenos Aires.

Realiza diversos trabajos administrativos de importancia, hasta 1816 en que reemplaza a San Martín en la Gobernación de Cuyo, donde aporta valiosos esfuerzos en la conformación del Ejército de los Andes.

En 1820 renuncia a su gobernación y pasa a Chile, y allí colabora estrechamente con San Martín en la realización de la Expedición Libertadora al Perú, y es el responsable del desembarco patriota en Paracas.

Ocupó varios puestos en el Perú, pero ciertas desavenencias con Simón Bolívar lo hacen regresar a Argentina.

Se instala en la zona de Pergamino, Provincia de Buenos Aires, en donde realiza tareas de hacendado.
Llega así el 1ro. de mayo de 1842. Graves problemas económicos lo habían dejado en la ruina. Malas cosechas a causa de una grave sequía empeoran la situación. Tanto es así que se había visto obligado a vender las condecoraciones conseguidas durante la Guerra de Independencia para subsistir. Amargado, olvidado por todos, defraudado por viejos amigos, sumergido en una triste pobreza, se vistió con su glorioso uniforme de Gran Mariscal del Perú.... y se voló la cabeza de un disparo...
Tenía 60 años.

Fuente: Granaderos Bicentenario

sábado, 30 de abril de 2016

La ancestral raza de «gigantes blancos» descritos por los indígenas de América

Numerosas leyendas de diversas tribus nativo americanas, desde los comanches en el norte hasta los manteños en el sur, hablan de una misteriosa raza de gigantes de piel blanca que fueron aniquilados de la faz de la tierra.



Choctaw
En su libro «Historia de los indios Choctaw, Chickasaw y Natchez» (1899), Horatio Bardwell Cushman escribe: «La tradición de los choctaw cuenta que hace mucho tiempo un raza de gigantes habitó lo que hoy es el Estado de Tennessee, unos seres con los que sus ancestros lucharon cuando migraron desde el oeste… Su tradición afirma que los nahullo tenían una impresionante estatura». Cushman dice que, con el tiempo, el término «Nahullo» se volvió común para designar a toda la gente blanca, pero que en su origen era específicamente utilizado para designar a una raza de gigantes blancos con la cual los choctaw entraron en mortífero contacto tras cruzar el río Mississippi.

Comanche
En 1857, el jefe Rayo Vibrante de los comanches, una tribu amerindia de las Grandes Planicies, declaró lo siguiente sobre una ancestral raza de gigantes blancos: «Hace innumerables lunas, una raza de hombres blancos, de 3 metros de altura, y mucho más próspera y poderosa que cualquier cara pálida que ahora vive aquí, habitó una gran parte de la nación, extendiéndose desde el lugar donde sale el sol hasta donde se pone. Sus fortificaciones coronaban las cimas de las montañas, protegiendo sus ciudades situadas en los valles intermedios. Excedieron a cualquier otra nación que haya florecido antes o después. Era una raza valiente, altiva y guerrera, para la cual los hombres blancos de hoy en día serían solo pigmeos». El jefe explicó que cuando esta raza se volvió demasiado vanidosa y se olvidó de la justicia y la misericordia, el Gran Espíritu la aniquiló, solo dejando como legado de su sociedad a los montículos que aún son visibles en las mesetas norteamericanas.

Este relato fue documentado por el Dr. Donald ‘Panther’ Yates, un investigador y autor de libros sobre la historia nativo americana.

Navajo
Yates también menciona a unos seres conocidos como «starnake» por los navajos: «Una majestuosa raza de gigantes blancos dotados de tecnología minera que dominaron el oeste de Norteamérica, esclavizando a tribus inferiores. Ellos se extinguieron o bien regresaron a los cielos».

Azteca
En la mitología mexica, con la Leyenda de los Soles, se cuenta que los quinametzin fueron la humanidad creada durante el Sol de Lluvia. Su gobernante, de acuerdo con algunas versiones del mito, era el dios Tláloc, a quien le correspondió ser el sol que alumbró durante la tercera época cosmogónica, que concluyó cuando Quetzalcóatl hizo que lloviera fuego y los quinametzin murieron quemados.

A los quinametzin se les atribuía ser los constructores de la ciudad de Teotihuacan y del Tlachihualtépetl sobre el que se levantó el principal templo a la Serpiente Emplumada en Cholula. Los tlaxcaltecas relataban que, en tiempos cercanos a la Conquista española, ellos mismos habían luchado contra los últimos quinametzin.

Manta
En 1864, Pedro Cieza de León, un conquistador, pero sobre todo, cronista e historiador del mundo andino, escribió en su «Crónica del Perú» cómo la cultura nativa manteña (en lo que hoy vendría ser el moderno Ecuador) le describió una legendaria raza de gigantes: «Hay reportes concernientes a gigantes en Perú, quienes habrían arribado a la costa en el punto de Santa Elena. Los nativos se habían consternado al ver una embarcación hecha de cañas llegar a sus costas con un cargamento de criaturas, tan altos que de la rodilla al suelo eran tan grandes como un hombre de buena estatura. Sus extremidades estaban en proporción con el tamaño deforme de sus cuerpos, y sus cabezas era algo monstruoso que ver, con cabellos que colgaban hasta los hombros. Sus ojos eran tan grandes como platos pequeños». En su crónica, León dice que los hábitos sexuales degenerados de los gigantes resultaban repugnantes para los nativos, por lo que «el cielo» eventualmente los exterminó.

Paiute
Los paiutes, una tribu norteamericana nativa de la zona de Nevada, posee una tradición oral que relataron a los antiguos colonos blancos sobre una raza de gigantes pelirrojos que sus antepasados conocían como los «Si-Te-Cah», y que habitaban en una antigua cueva. Dicha historia fue registrada por Sarah Winnemucca Hopkins, hija de un jefe indio paiute, en su libro «La Vida entre los Paiutes: Agravios y Reivindicaciones» (1882), donde describe a los supuestos «gigantes» como seres sanguinarios, hostiles y caníbales. En este relato, los paiutes narran una gran batalla, ocurrida en el lugar conocido actualmente como la Cueva de Lovelock, que condujo al exterminio de las criaturas.

Cráneos extraídos de la cueva Lovelock. Foto tomada hace cerca de 40 años por el investigador Don Monroe
A principios del siglo XX, los arqueólogos encontraron miles de objetos dentro de la cueva dando pie a una prolongada excavación y a especulaciones sobre la posibilidad de que la leyenda paiute fuese real, pues, entre otros sorprendentes objetos —que terminarían, en gran parte, en colecciones privadas— se desenterraron huesos con marcas de canibalismo, sandalias de casi 40 cm, y cráneos con cabellos rojizos.

viernes, 29 de abril de 2016

El 33% de los españoles posee marcadores genéticos árabes

La guerra a los musulmanes, la expulsión de los judíos, persecuciones inquisitoriales a los no creyentes o a otras razas... La Historia de España está salpicada de acontecimientos que hoy serían tachados de racistas, pero hay algo en nuestras raíces que no se puede borrar: la huella genética y el mestizaje.



En 1492 los judíos fueron expulsados de la península Ibérica por los Reyes Católicos. Unas cuantas décadas después, en 1613, Felipe III expulsaría a los últimos moriscos. El cristianismo en su versión católica quedó como la única religión del reino de España. Sin embargo, como explicamos en el número de mayo de la revista Historia de Iberia Vieja,  durante unos ocho siglos, los devotos de Moisés, Jesucristo y Mahoma compartieron residencia en Al-Ándalus.

Durante ese periodo, provenir de una familia de cristianos viejos o ser descendiente de musulmanes o judíos suponía obtener un certificado de ciudadanía de primera y, en consecuencia, resulta interesante comprobar hasta qué punto la secuencia genética hispana está enlazada con la de las culturas que permanecieron siglos en nuestro país. 

Un equipo decientíficos compuesto por investigadores de la Universidad de Leicester (Reino Unido) y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, analizó las trazas genéticas de la población española actual para ver su origen histórico

Para llegar a esta conclusión, los científicos liderados por el británico Mark Jobling, llevaron a cabo un análisis del cromosoma Y, únicamente presente en los hombres y que se transmite de padres a hijos, de 1.140 individuos de la península Ibérica y las Islas Baleares.

El siguiente paso fue compararlo con las poblaciones de judíos sefarditas y de individuos del norte de África, que tienen la ventaja de ser muy diferentes a las poblaciones receptoras originarias de la Península Ibérica, llegando a la conclusión que uno de cada tres españoles tiene ascendentes moriscos o judíos.
Estos porcentajes podrían responder a la antigua coexistencia de tales comunidades en el solar peninsular que ha sido siempre un crisol de culturas.

Hay datos curiosos, así en las provincias de León, Salamanca o Zamora se encontró un mayor predominio de genes norteafricanos en comparación a la provincia de Granada, que fue paradójicamente la última ciudad musulmana en caer en 1492.

Más llamativo fue detectar genética con características norteafricanas especialmente el norte del Duero en comparación con las áreas más septentrionales. El motivo podría encontrarse en que los principales grupos de moriscos fueron desplazados al noroeste de Castilla desde su ubicación granadina original para desactivar su rebelión en el siglo XVI. En consecuencia, provincias como Salamanca contarían hoy día con más descendientes de aquellos moriscos exiliados a fuerza que las comarcas equivalentes de Andalucía.

Fuente: Historia La Vieja